De nuevo como cada año comienza la campaña contra incendios forestales marcada esta vez por el aroma hediondo de las urnas que se aproximarán en menos de doce meses. Como cada año los políticos y sindicatos, vuelven a echarse en cara la dejadez del sector agrario y en concreto el sector forestal.
A pesar de que los recursos forestales son insustituibles –madera, corcho, papel, resina, etc.- España produce cada vez menos madera, menos empleo, y aporta menos atenciones a los montes. Ante esta grave circunstancia los sindicatos atizan contra la derecha, la izquierda sortea los embistes echando la culpa a los demás. Y todos se equivocan. Tanto los que piden una intervención exhaustiva en el sector como aquellos que quieren convertir los montes en un museo de ciencias naturales, como aquellos que siguen suplicando subvenciones a los poderes europeos.
La gravedad de los incendios es tan sólo una muestra, un indicio de la situación que se esconde detrás de ella. En la actualidad, según los datos del tercer inventario forestal, Castilla y León produce casi la misma cantidad de madera que la autonomía vasca a pesar de que los castellanos cuentan con una superficie 10 veces superior. Efectivamente, los montes españoles siguen estando abandonados, a pesar de que el 80% de ellos son de propiedad privada. El sector forestal que debía haber madurado en estos años de crecimiento económico al calor de la construcción, sigue en las mismas condiciones que en el pasado.
El tejido forestal español está en decacia mientras la construcción ha absorbido ingentes cantidades de sus productos –muebles, suelos, estructuras, recubrimientos, etc.- Esto se debe a que el sector forestal español no está a la altura del mercado actual. Los datos no engañan. La mitad de la madera de calidad que se consume en España proviene del extranjero.
Estos datos deben hacernos reflexionar y plantear serias reformas en el sector que debía ser un gran apoyo para la creación de empleo y el sostenimiento de los municipios españoles. La sociedad, los propietarios, industrias y administraciones tienen que responder ante este declive con contundencia. España no puede seguir dinamitando sus pueblos con el éxodo rural, el envejecimiento y el paro. Ni las administraciones pueden asumir todos los costes derivados del abandono de explotaciones –incendios, plagas, repoblaciones, obras civiles, etc.-. Como tampoco puede permitirse que un sector de la economía que debía ser importante, se vaya por el desagüe del abandono.
Por ello las reformas tienen que ajustarse lo antes posible, a pesar de que serán dolorosas y poco aceptadas por determinados sectores sociales. España no puede jugar con sectores clave de la economía al soniquete de las elecciones, ni puede dejarse llevar por las recompensas a corto plazo. En este sentido es necesario realizar una reforma agraria –que tantas veces han pedido los falangistas-.
No puede permitirse la existencia de empresas cuya producción sea irrisoria por la escasa superficie de las mismas, y que al tiempo se les administre subvenciones para sobrevivir. Hay que negarse a esa circunstancia, decantándose por la creación de grandes explotaciones que puedan gestionarse de forma autónoma, que sean capaces de crear empleos de calidad, estables y sin riesgo laboral. Por ello será necesario poner en práctica concentraciones parcelarias, apoyar la creación de cooperativas, ofrecer apoyo técnico a las empresas, habrá que apoyarse en las universidades para la investigación y desarrollo de tecnologías. Será preciso también realizar planes de ordenación territorial que optimicen el suelo y sus actividades. Hay que dotar de suelo industrial de calidad y bajo precio a los municipios deprimidos, apoyar la especialización de los trabajadores y avanzar en la calidad del empleo. Hay que regular el comercio con paises extra comunitarios para evitar competencia desleal, prácticas laboraes inhumanas y la sobreexplotación de los recursos.
Las industrias del sector deberán ajustarse al modelo de mercado. La competitividad es tan elevada que las pequeñas empresas del sector apenas tienen posibilidades de sobrevivir a medio plazo. Tendrán que crecer y madurar. Crecer para concentrar capital suficiente que posibilite implantar más tecnología, contratar a personal altamente cualificado, y adoptar estrategias de producción de calidad. Madurar para asentarse en los mercados, y dar credibilidad a sus productos desde la solvencia profesional.
Es irritante que los españoles tengamos que comprar parquet a Francia o Alemania, porque nuestros montes y nuestras empresas no están preparados para fabricar esos productos de calidad. En la última ola de la construcción hemos perdido una oportunidad única para crear empleo de calidad, diversificar nuestra producción, desarrollar tecnología y apostar por mercados de gran valor añadido. Ahora la sociedad se va dando cuenta del error, de la grave situación en que se encuentran nuestros pueblos y que acabará extendiéndose a otros ámbitos. Ojalá esta crisis sirva para concienciar a los agentes implicados de la necesidad de acometer una reforma en el sector agrario de forma inmediata.
Si nuestros pueblos no son capaces de crear empleo y riqueza, no podrán mantener su patrimonio ecológico, cultural o histórico. Puesto que a esos problemas sociales y económicos llegará un problema demográfico que agravará estos problemas creando una espiral de decadencia del sector agrario.
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En las últimas fechas los medios de comunicación han recogido varias noticias sobre desastres de origen natural como los sucedidos en Chile o Haití. Son dos de tantas calamidades que cada año se producen a lo largo y ancho del mundo, y que parecen ligados a fenómenos de pobreza. Quizá sea por la presión de la imagen, la sociedad deduce que las chabolas, la miseria y la falta de medios son la principal causa de estos desastres. El desastre Haití, podría ser un ejemplo claro de ello. En cambio hace no muchos días se han vuelto a producir fenómenos de inundaciones en el sur de España, un país que suele presumir de desarrollo.
Sobre el consenso nada parece excesivamente conservador, ni revolucionario, ni caben interpretaciones, ni discusiones. En definitiva, el consenso es la nueva dictadura de los tibios; que no quieren parecer tan malos como los dictadores de antaño.
El cambio climático es un problema grave que se manifestará con especial dureza sobre las regiones con menos recursos, con menor capacidad de respuesta. La falta de tecnología, recursos económicos y materiales provoca una mayor dependencia de los agentes ambientales en los países pobres; que desencadenará consecuencias graves para la población. Esta circunstancia ha sido expuesta acertadamente por Zapatero, incluyendo el compromiso que los países desarrollados deben tener con los desfavorecidos.
En la presente hora hay que reflexionar, sobre la tibieza de las decisiones, los escasos compromisos de nuestros representantes, que parecen obligarnos a transitar por caminos no siempre deseados. Si en lugar de aceptar el consenso como herramienta política, se hubiera apostado por el bien común y la solidaridad, seguramente la situación habría sido muy distinta. Seguramente ya se habrían cumplido los objetivos de las anteriores cumbres, seguramente la situación actual habría estado abierta a un abanico de soluciones amplio y con toda seguridad las opciones serían aceptables para todas las partes.
El pasado fin de semana comenzaron los seminarios del CENS con un tema poco común en el falangismo, la cuestión ambiental. Se abre así una nueva temporada de formación y debate de los distintos asuntos de interés para el mundo azul. Después de esta jornada y después los generosos calificativos de los falangistas serranos, parece inevitable hacer algunos comentarios personales sobre este tipo de actividades.
Desde principios de este año Ecologistas en Acción ha presentado una campaña a favor del decrecimiento económico, con el lema “menos para vivir mejor”. Esta campaña está centrada en una campaña de sensibilización y concienciación social sobre el consumo abusivo que parece afectar a todos los niveles de la economía y de la sociedad. En principio el asunto parece simpático puesto que pretende no sólo disminuir la cantidad sino la forma de consumir de la sociedad. Para ello se apuesta -como diría Zapatero- por una economía sostenible. En este sentido se apuesta por un cambio de los sistemas productivos y de consumo, de tal forma que la sociedad ganaría en la conservación ambiental.
como agente de presión sobre el medio. La sociedad a lo largo de la historia ha demandado diversos productos tangibles o no de la superficie agraria. No es extraña la existencia de cotos de caza desde tiempos inmemoriales, la presencia de actos religiosos o cualquier otro uso social. Esta demanda social se ha mantenido sobre la superficie agraria, si bien en circunstancias distintas. 
En los incendios forestales y otras catástrofes ecológicas, las pérdidas se pueden clasificar en multitud de posibilidades. Pero existe una tendencia a evaluar las pérdidas bajo tres aspectos: los daños, los perjuicios y el valor de reposición. El valor en daño es el valor que corresponde a la devaluación sufrida, en este caso por el incendio. El perjuicio es la pérdida a posteriori por la pérdida de productividad causada. Y por último el valor de reposición sería el valor total de las obras necesarias para reestablecer el monte a la situación anterior al incendio.
En segundo lugar los daños sobre el suelo afectan también a la composición química y a las propiedades físicas del mismo. El suelo que ha resistido la erosión del agua puede sufrir cambios importantes derivados del contacto con las cenizas o el fuego. De esta forma el suelo tiene una mayor tendencia a aumentar el pH y suele perder la estructura adoptando opciones de menor capacidad de campo, menor infiltración de agua, etc. En definitiva el suelo suele tender a empobrecerse a medio plazo. Esta situación a nivel forestal es prácticamente irremediable por las limitaciones técnicas y presupuestarias.