A lo largo de los meses estivales, es común observar numerosos artículos de prensa sobre el asunto de los incendios forestales. Pero en la mayoría de los casos no se analiza el tema de fondo de los incendios. Sólo se aproximan una serie de datos estrictamente técnicos acerca de los medios que se han dispuesto para la extinción de los mismos. Podría decirse que estamos bastante bien informados, pero poco formados sobre el tema de los incendios forestales.

Para empezar a hablar de incendios forestales es imprescindible aclarar una serie de conceptos clave. Incendio es aquel fuego que de forma descontrolada consume el combustible orgánico dispuesto en algún lugar. Al hablar de incendio forestal nos referiremos de forma amplia al fuego que se desarrolla sobre el entorno agrario. Aunque la heterogénea legislación autonómica aproxima diversos significados sobre los incendios forestales. Algunas comunidades consideran que los incendios ocurridos sobre superficies agrícolas no pueden incluirse en el concepto de incendio forestal, caso de Andalucía. Por el contrario comunidades como Madrid o Castilla y León, estiman que los incendios forestales se extienden sobre toda superficie agraria, en la medida en que estos sistemas no presentan un límite claro de distinción.

Esta maniobra de conceptos acude en muchas ocasiones a estrategias políticas, para ocultar o tergiversar las cifras reales. En principio no deja de ser una estrategia estúpida, en la deberían asumirse las tareas con eficacia independientemente de cuales sean los resultados de otras regiones. Cosas de la política chata a la que estamos acostumbrados.

Otra de las cuestiones primeras que conviene resolver es la propia historia de los incendios forestales y su relación con el medio. Para ello me remito a la magnífica obra de Vélez, sobre incendios forestales. En dicha obra se manifiesta la existencia de incendios forestales desde épocas muy antiguas pero todas ellas ligadas a una naturaleza muy distinta en cuanto a origen y desarrollo.

Desde la época más antigua de la civilización peninsular los incendios han se han desarrollado de forma natural o bien por causa antropogénica. Las causas naturales apenas han cambiado –rayos, erupciones volcánicas, combustiones espontáneas, etc.- en cambio la causa antropogénica ha cambiado claramente a lo largo del tiempo. Desde la aparición del motor de combustión, hay que añadir como causas de incendio los accidentes de tráfico, negligencias en diversas formas, etc.

En cualquiera de los orígenes –natural, o antropogénico- no aparece diferencia significativa alguna sobre el desarrollo de los incendios. Salvo en alguna excepción esporádica de intencionalidad, el fuego se desarrolla de igual forma y con igual resultado independientemente la causa de ignición. Esto se debe a que los factores decisivos sobre el desarrollo del incendio son fundamentalmente naturales –pendiente, naturaleza del combustible, velocidad del viento, etc.-

Triangulo del fuego: El vínculo decisivo de los factores naturales sobre el fuego.

Otra de las cuestiones importantes sobre los incendios forestales pasa precisamente por el estudio de las causas naturales, puesto que a largo plazo puede dar lugar a un cambio de metodología en la ordenación del territorio.  Baste señalar, como ejemplo el famoso incendio ocurrido en 1988 en el Parque Nacional de Yellowstone (Estados Unidos) donde los técnicos forestales no intervinieron de forma conciente en las labores de extinción. Este asunto será tratado en otra ocasión.

Retomando las causas de incendio naturales, puede observarse empíricamente la relación con la vegetación existente en nuestro territorio. Al observar el aspectos como el grosor de la corteza de algunos árboles como el alcornoque (Quercus suber) o el pino resinero (Pinus pinaster), entendemos que es un mecanismo de resistencia frente a agresiones externas, incluido el fuego. A lo largo de la historia las especies han desarrollado mecanismos de resistencia o supervivencia frente al fuego, precisamente por la convivencia de uno y otro.  Por tanto no es casual la elevada producción de semilla de las coníferas. Tampoco es casual la capacidad de brotar de cepa o de raíz de numerosas especies de frondosas. Incluso hay autores que opinan que la orientación de las hojas de algunas especies como las hayas, obedece a criterios de protección contra el fuego.

Estos fenómenos nos hacen inducir que el fuego ha sido un elemento cotidiano para numerosas especies, y que además es responsable en buena medida de la los estadios de regresión de los diversos ecosistemas mundiales.

Otra de las cuestiones importantes es la utilización del fuego como herramienta para la gestión del territorio. Los testimonios en este sentido se pierden en la historia occidental. El hombre desde que ha conocido el fuego como herramienta, lo ha utilizado como elemento para gestionar su medio y para su beneficio propio. En este sentido es falsa la imagen actual de respeto por el medio que desarrollaron nuestros antepasados. En términos generales el hombre ha entendido el medio como un lugar donde habitar y captar recursos para sí mismo. Desde tiempos antiguos se ha utilizado el fuego para ahuyentar a las presas de caza y dirigirlas a lugares estratégicos. El fuego ha sido utilizado para eliminar vegetación y abrir espacio para cultivar o pastorear. Aunque también puede citarse muchos ejemplos de sensibilidad ambiental pasada, no podemos caer inocentemente, pensando que las sociedades pasadas eran absolutamente respetuosas con el medio.

En cualquier caso siempre se ha entendido el fuego como un elemento poderoso de modificación del entorno. En este sentido se ha recogido normativa del siglo XV para La Adrada (Ávila), que manifestaba la prohibición de portar elementos de hacer fuego en época de peligro de incendio, bajo pena de muerte. El incendio forestal era entendido como un elemento poderoso y peligroso.