San Lorenzo camino de ser un granja de pollos, podría ser un gran título para los periódicos críticos con la gestión urbanística de San Lorenzo del Escorial. La similitud entre una granja de pollos y el futuro de San Lorenzo es muy similar.
En las granjas la gestión obedece únicamente a criterios económicos solicitados por el propio promotor. El titular de la explotación, el dueño de los pollos, es quien dice que hay que hacer, como y cuando. Es este titular es quien obliga a sus trabajadores a seguir el ritmo de producción establecido, y quien solicita posibles cambios y reestructuraciones. Es este promotor, quien solicita informes técnicos y proyectos para acometer reformas en las instalaciones, -aunque sus solicitaciones estén enmarcadas dentro de la legislación- el margen de actuación es lo suficientemente amplio, hacer y deshaga lo que convenga.
Bajo ese concepto, podemos entender el nuevo plan de urbanismo de San Lorenzo. La gestión va a ser desarrollada bajo un mismo prisma monocriterio: el criterio económico. El alcalde de San Lorenzo va a decidir que es lo que conviene al municipio en función de sus propios criterios, y bajo una legislación lo suficientemente amplia que impide una gestión global. En pocas palabras, la gestión del municipio va a estar sujeta a la peculiar forma de gobernar del consistorio. Independientemente de lo que puedan opinar los ciudadanos y de las sensibilidades que puedan manifestar.
Este asunto empieza a ser indignante, porque no estamos hablando de aves cuya único deseo es satisfacer sus necesidades básicas. Los falangistas entendemos que hay cuestiones muy importantes que se están olvidando en la gestión municipal. Primeramente la propia cuestión de la ciudadanía. Los ciudadanos no son simples animales ávidos de pienso, sino que son personas que mantienen con sus impuestos al municipio y además son los receptores de la acción municipal. Debería entenderse que toda acción política de importancia, como es el caso, debería pasar por su aceptación pública y su respaldo.
Por otro lado, precisamente por entender a la persona como sujeto integral, se debe proporcionar elementos suficientes para el desarrollo de la persona en todas sus dimensiones. No basta con garantizar una vivienda. Debe proporcionarse un trabajo digno, un acceso a los servicios sociales, un espacio para el desarrollo cultural, etc. Ante esta complejidad de circunstancias es imprescindible contar con la participación de los ciudadanos, con el fin de crear un municipio ajustado a los deseos de los propios habitantes, no de los intereses económicos de determinados lobbies.
Por último, y para acabar con esta reflexión, dentro de la sensibilidad ambiental de este espacio es preciso afirmar lo siguiente. Los espacios protegidos no pueden considerarse como un parque zoológico, donde aparecen vallas claramente definidas. Los ecosistemas difuminan sus bordes a lo largo de extensiones amplias, por ello los bordes deben respetarse e integrarse dentro de las necesidades humanas. La gestión urbanística debería establecer márgenes de transición que garantizasen la integración de los principios ecológicos y sociales con garantías suficientes.
La existencia o no de arbolado no es en absoluto indicador del valor ecológico de una zona. El valor ecológico es función del valor de las especies que lo integran, y de otros muchos valores asociados a la propia dinámica de los ecosistemas. Por tanto es absolutamente falso que la inexistencia de arbolado, sea razón suficiente para despreciar el potencial ecológico de una zona.

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