Hace unos días que se extinguieron los grandes incendios de la presente campaña estival – La Palma, Las Hurdes, Tarragona, etc.- y ahora qué. Tras estos incendios, con ellos quedan bienes destrozados, pérdidas humanas irreparables y un gran número de calamidades particulares.
Es momento de evaluar daños y de cuantificar todo lo que se ha perdido. Este espacio recuerda algunos aspectos de interés a la hora de evaluar las pérdidas materiales. Por pérdidas materiales nos referimos a aquello que no pertenece a la propia vida humana. Quizá es una abstracción gratuita, en la medida en que se incluye también valores ecológicos intangibles como la existencia de árboles notables o determinados animales dentro de un valor monetario. Esta simplificación tiene cierta justificación.
En los incendios forestales y otras catástrofes ecológicas, las pérdidas se pueden clasificar en multitud de posibilidades. Pero existe una tendencia a evaluar las pérdidas bajo tres aspectos: los daños, los perjuicios y el valor de reposición. El valor en daño es el valor que corresponde a la devaluación sufrida, en este caso por el incendio. El perjuicio es la pérdida a posteriori por la pérdida de productividad causada. Y por último el valor de reposición sería el valor total de las obras necesarias para reestablecer el monte a la situación anterior al incendio.
Esta metodología suele ir encaminada a resolver conflictos de tipo legal o técnico aplicables a la recuperación del monte de acuerdo a los parámetros que puedan establecerse. Por ello evaluar el valor del monte es fundamental y decisivo para acometer las debidas indemnizaciones y sanciones derivadas de los incendios. No obstante esta metodología ofrece múltiples complicaciones:
1- El valor de un monte o el valor de cualquier elemento natural no es sólo el valor material del mismo. El valor material de un monte es sólo una parte y debe añadirse también por ejemplo el valor recreativo, paisajístico, ecológico, científico, etc.
2- El valor no siempre coincide con el precio de mercado. Sobre esto pueden darse una infinidad de problemas: variaciones del precio por cambios en el mercado, desfases en el tiempo, falta de transparencia en las mediciones, falta de un mercado transparente, etc.
3- Dificultades para separar el daño, del perjuicio y del valor de reposición.
4- Dificultades para actualizar el valor de los productos al momento presente
5- Dificultades para cuantificar la producción y el valor de los productos forestales futuros, y llevar ese valor al momento presente
6- Inexistencia de inventarios forestales en muchos montes españoles. Es decir, muchos montes no poseen documentación que permita evaluar los bienes forestales existentes antes del suceso.
7- Complicaciones para evaluar los perjuicios sobre las externalidades
8- Dificultad de evaluar la cuota de responsabilidad del propietario como gestor del monte
Este problema económico es sumamente complicado de atajar. En muchos casos los propietarios de los montes sólo reciben una parte del valor real de la propiedad, del mismo modo que los causantes de los incendios no desembolsarán la cantidad equivalente al valor del desastre causado. Esto en sí mismo, es un problema de graves consecuencias para la propiedad y para el sistema judicial. No obstante las administraciones dentro de sus exiguas partidas dedicadas al medio ambiente pueden solucionar este asunto con las debidas dotaciones económicas.
Podría decirse que entonces el problema podría quedar solucionado mediante una doble intervención, una evaluación de los daños cuantificables y las correspondientes dotaciones públicas que complementan el valor cuantificable. Ahora bien, ¿Es justo que la administración destine presupuesto público sabiendo que la mayoría de los incendios no son naturales? ¿Qué parte de responsabilidad económica le corresponde asumir al propietario como gestor del monte?
Estas preguntas nos llevan a una reflexión sobre el conflicto antropológico y sus implicaciones sobre el medio ambiente: Desde que punto debe posicionarse el hombre y la sociedad ante el aprovechamiento de los bienes naturales. En otra ocasión se retomará esta polémica.
Otro asunto importante sobre la recuperación del medio tras un incendio es la planificación técnica de las obras y el posterior ordenamiento del monte. Suponiendo que el asunto económico fuera solucionado dentro de un margen aceptable, la siguiente operación es actuar para restablecer el orden ecológico. Este asunto plantea un nuevo conflicto derivado de un posible cambio de uso del suelo y por tanto un cambio decisivo en los aprovechamientos futuros.
La legislación, desde la Ley de Montes de 1957 hasta la actual legislación, no contempla la posibilidad de recalificar el suelo como urbanizable tras un incendio. Es una situación de interés menor en la medida en que muchos montes no tienen interés alguno para la edificación. Por otro lado la legislación nos lleva a plantear una ordenación de acuerdo a las líneas establecidas en materia de impacto ambiental, forestal, urbanismo, etc. Pero incluso con esas líneas maestras la situación es sumamente compleja.
Por un lado, el medio no siempre está en condiciones recuperar la situación anterior al incendio. Los montes quemados pueden perder calidad de suelo y eso impide la regeneración de las especies establecidas anteriormente. Los incendios intensos pueden afectar a los primeros horizontes edáficos primero destruyendo sus componentes orgánicos y segundo, haciéndolos más solubles en agua.
El efecto más visible para los ciudadanos es el arrastre de cenizas que ocurren tras las primeras lluvias. Indudablemente esas cenizas son parte del suelo que es arrastrado por erosión superficial hacia el canal de desagüe de la cuenca vertiente. Esa pérdida de suelo es simplemente irreversible, puesto que materialmente es imposible recuperar el suelo que previamente ha sido destruido por el fuego y porque además es arrastrado masivamente por el agua.
En segundo lugar los daños sobre el suelo afectan también a la composición química y a las propiedades físicas del mismo. El suelo que ha resistido la erosión del agua puede sufrir cambios importantes derivados del contacto con las cenizas o el fuego. De esta forma el suelo tiene una mayor tendencia a aumentar el pH y suele perder la estructura adoptando opciones de menor capacidad de campo, menor infiltración de agua, etc. En definitiva el suelo suele tender a empobrecerse a medio plazo. Esta situación a nivel forestal es prácticamente irremediable por las limitaciones técnicas y presupuestarias.
El suelo puede empobrecerse y las especies adaptadas a esa nueva situación serán con seguridad de una estabilidad ecológica inferior según el modelo propuesto por la regresión de Ceballos. Esto obviamente no suele ser satisfactorio para todos, y en muchas ocasiones crea conflictos entre propietarios, técnicos y ciudadanos en general. Por ejemplo de acuerdo a lo modelo planteado por Ceballos, la etapa de encinar en el sistema central, está a continuación de una etapa de pinar. Esta situación está creando muchos problemas técnicos puesto que los interesados están interesados en determinadas especies por motivos de toda índole.
La dinámica forestal es amplia y permite un amplio abanico de posibilidades. Supongamos que efectivamente dentro de las posibilidades técnicas de repoblación es posible adoptar un modelo que avance de forma directa hacia el clímax ecológico y otro modelo que apueste por especies más interesantes económicamente. Ambas soluciones competen lógicamente al propietario -dentro de los márgenes que permiten la ley- y las decisiones técnicas. En cambio es frecuente observar presiones de personas ajenas a la propiedad pero que hacen uso de sus externalidades, así que el debate está servido y no exento de polémicas.
Por un lado suele tenerse a aquellos que deciden ganarse la vida trabajando aprovechando los recursos forestales –propietarios, maderistas, aserraderos, gestores cinegéticos, etc.- de otro lado aquellos que hacen uso del monte con interés social – aficionados a la observación de la naturaleza, senderistas, sector del turismo rural, plataformas ecologistas, etc.-. Y entre ambos sectores aparece la casta política merodeando los premios políticos del sector más potente, que suele presionar de acuerdo a sus intereses.
La realidad es que es sumamente difícil diseñar un modelo aceptable para todas las partes, y como suele decirse nunca llueve al gusto de todos. En gran medida este problema viene derivado de la crisis del sector agrario y en particular del sector forestal. Algunos autores hablan de la necesidad ampliar horizontes y diseñar modelos que integren distintas dosis de cada una de las propuestas. La cuestión que nuevamente se plantea es qué propietario está dispuesto a asumir pérdidas en la producción sabiendo que estas no suelen compensarse…
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